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El cristiano en el mundo laboral.

Hace casi tres meses que mi amigo Raúl me pidió que opinara en un artículo sobre el papel del cristiano en el mundo laboral, los que me conocen, saben que opinar opino de todo y siempre, aunque sea lego en la materia o mi opinión no venga a cuenta, lo de redactar es algo más complejo que obliga a uno a vencer la pereza, restarle tiempo a ese preciado y escaso arte del no hacer nada y opinar con la prudencia que exige un documento escrito, pues lo escrito , escrito está.

Aunque profesionalmente mi vida es y espero que siga siendo cambiante, por eso del miedo al aburrimiento, mi etapa formativa acabó con un máster en RRHH y un posgrado de experto universitario en selección y reclutamiento de personal, que de poco sirvieron al margen de ser los cuadros más caros de mi casa (esposa dixit), algo de la gestión de personas y el planteamiento de su desarrollo personal y profesional me he visto obligado a saber… por eso de aprobar los exámenes.

A la luz del estatuto de los trabajadores, la definición de trabajador que el derecho da, es aquella persona física que libre y voluntariamente presta sus servicios retribuidos por cuenta ajena y dentro del ámbito de organización y dirección de otra persona, física o jurídica, denominada empleador o empresario. Lo de persona física no es por nuestro estado de gimnasio, sino por la realidad que palpable de lo que es una persona, un ser que está presente, se le puede tocar y que interacciona en infinidad de facetas, no siendo comparable con ningún ente ni ninguna realidad por la que muchas ocasiones se puede ver sustituida un hombre. Continua acentuando el componente volitivo y de libertad de esa opción o elección por parte del trabajador, que si bien, la libertad sí que es el bien supremo inviolable cuya falta provocaría un estado de esclavitud, el componente volitivo es volátil, pues esa voluntariedad se ve generalmente afectada o viciada por las necesidades y circunstancias del individuo y su entorno dependiente. Pasando del derecho del trabajo a la más pura filosofía Orteguiana pretendo aterrizar en lo que debe ser un trabajador Cristiano.

A la luz de la DSI tenemos dos documentos fundamentales dignos de estudio, si alguno de ustedes quiere profundizar en la materia del trabajo como cuestión social, vocación cristiana y el entorno laboral como mundo particular en el que desarrollar la fe, la esperanza y la caridad: La Laborem exercens de San Juan Pablo II y la Rerum novarum de León XIII.

El que suscribe, que es más que imprudente, no pretende en esta ocasión establecer una opinión o comentario teológico, filosófico o jurídico sobre el hombre como sujeto laboral, no por ser una osadía, sino por incapacidad manifiesta y confesable para la misma. En cambio me atrevo a avanzar en una cuestión práctica que responda brevemente a cuestiones, que todos nos hemos hecho o nos vamos a hacer a la hora de incorporarnos en el mercado de trabajo, sobre todo en momentos en los que el ardor apostólico nos invade… hecho que como bien es sabido es continuo y difícilmente predominante en ambientes generalmente hostiles.

Cuando uno acaba sus estudios y bien por necesidad o porque simplemente “toca” comienza a buscar un empleo, se imprime los apuntes de una oposición o intenta emprender algún proyecto, siempre aparecen miedos, son los miedos propios que surgen en los cambios, en las incertidumbres o en el miedo al fracaso, pasa y es normal y de nada o poco sirve el consuelo de los cercanos o el mal de muchos, el inicio laboral es duro y puede ser desesperante (Des-Esperanza-nte). Más aun cuando alguien pretende seguir un plan establecido y responderle al mundo como cree que el mundo solicita respuesta ; iniciar una vida adulta, montar familia, hipotecarse…. Estas respuestas se intensifican aún más en un entorno católico, se habla de matrimonio para una “santa convivencia”, se habla de hijos…. En ese punto ¿dónde queda la fe? Las jaculatorias rápidas de “será lo que Dios quiera” “cuando Dios quiera” o “no estará de Dios” , por experiencia propia , son frases que deberíamos desterrar en esos momentos…porque al que está buscando trabajo le sientan como una patada en el estómago… ¿Qué pasa que Dios no quiere que trabaje? la fe es la del entorno, la de la oración comunitaria pero también la de la oración de a Dios rogando y con el mazo dando, es la que obliga al resto a practicar la caridad, pero no la entendida como facilitar la subsistencia, si no la de que todo sea misión común , uno no busca, buscamos todos y todos acompañamos. Un amigo mío siempre le dice a un chico cuando se entera de que está parado “estás en paro, no parado, tu trabajo consiste en buscar trabajo” bueno, es una óptica muy positiva, pero si ese trabajo es compartido, como todo, siempre es más llevadero.

En un segundo punto, si por el mérito propio, la gracia del Espíritu o por la bendita Providencia, aparece ese puesto de trabajo, ¿cuál debe ser la respuesta de un creyente hacia ese trabajo? Fácil, la misma que la de un no creyente, ser un trabajador honesto. La fe, nunca puede ser una excusa para hacer lo que hay que hacer, ni un consuelo para nuestro esfuerzo, en cambio debe ser un elemento más a sumar a la ética y la moralidad a la hora de desarrollar nuestras funciones, anunciar nuestros límites, demostrar nuestras capacidades y dar razón a posibles objeciones de conciencia ante situaciones o circunstancias que se puedan dar. San Josemaría tiene infinidad de obras que giran en torno a la búsqueda de la santidad por el Trabajo, y no voy a ser yo quien le contradiga, porque además creo que tiene razón, si todo lo bueno que nos pasa es un Don de Dios, el trabajo también.

Pero en una realidad comparativa sobre el sujeto en el entorno de trabajo el ser creyente no debiera ser un elemento diferenciador en el resultado del mismo, si en su desarrollo, si en el trato humano, si en la relación con compañeros, clientes o superiores, ser creyentes nos obliga a ser portadores de luz, iluminemos nuestro puesto de trabajo, generemos esa envidia sana o esa curiosidad sobre qué es lo que realmente nos mueve, que debe ser mucho más que una simple nómina.

En un tercer punto, yo que soy creyente, firme y convencido, ¿debo informar de mi condición en mi puesto de trabajo? ¿Me traerá consecuencias? ¿Seré objeto de burlas? , hay tantas respuestas como circunstancias y tantas realidades como personas. En definitiva, todas esas cuestiones surgen de una inseguridad o quizás de un miedo, que es natural, hacia la imagen que queremos proyectar. De otro amigo mío aprendí su forma de llegar a sus destinos profesionales (él ya era un profesional consagrado y con cierto nivelito, ya que desde entonces ha dirigido equipos de trabajo). Este amigo en la reunión de presentación se soltaba diciendo “Vengo a traer lo mejor que tengo en mi vida, Jesucristo”, esto se lo copié yo cuando me toco dirigir a un grupo de personas… las caras eran alucinantes, aun me sonrió “el marciano este de dónde ha salido” pensaría más de uno… es verdad que luego demuestras la normalidad de tu ser y en conversaciones más informales le dices que te gustan las mujeres con potentes atributos… No hay que temer mostrar lo que se es, más cuando se es con sinceridad y sin interés, nuestro ser cristiano debe estar mezclado con nuestro ser natural, con nuestra vida en todas las facetas pero siempre de la naturalidad huyendo de falsedades engoladas o “espiritualidades” sobrenaturales y forzadas. El hecho de practicar con normalidad en nuestro trabajo la esperanza, la caridad y poner a funcionar todos los dones y virtudes de las que Dios nos ha dotado con sinceridad, responsabilidad, cariño y honestidad nos van a permitir ser compañeros y trabajadores queridos y respetados , desdeñando las posibles críticas , burlas o minusvaloraciones. El saber ser en el trabajo, no es diferente del saber ser en cualquier otra faceta de nuestra vida. Para ser buen cristiano, no necesitamos portar una cruz tatuada en la frente, ni un calendario de María Auxiliadora en el corcho del despacho, sólo tenemos que tener el constante recuerdo de Quien habita en mí y porqué quiero habitar en Él.

Además… si tú te muestras con normalidad, das valor y libertad a compañeros que puede que tengan algún tipo de complejo y que se atrevan a dar el paso de mostrar su ser creyente, o puedes ser el elemento desmitificador, que aclare a muchos lo que sí es un cristiano, un tío normal que trabaja como cualquier otro y le gusta tomar cerveza cuando se cierra el taller los viernes, o quién sabe si Dios quiere que seas faro de muchos en mares hostiles y a través del testimonio sencillo, natural y ordinario, nuestro Dios se hace paso al corazón de aquellos que nunca pensaron encontrar algo tan verdaderamente grande en algo tan insignificante como el buen gesto de un compañero.

Según un estudio publicado en el periódico Las Provincias “Con una vida laboral media de 45 años con una jornada de 40 horas semanales, empleamos unos 12 años trabajando. Esto supone casi un 20% del total de nuestra vida consiente” ¿Podemos renunciar a nuestro ser Iglesia, a nuestro ser creyente un 20% de nuestra vida? La respuesta es sencilla, no, aunque nuestra relación con el Padre no siempre sea la misma, somos de Cristo 24/7/365 aunque no tengamos que fichar.

Manu Agudo.

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Comentarios

  • Carmen Luque Arellano
    12/01/2021

    Hola Manu: soy Carmen Luque. Tuve la suerte de compartir una cocina contigo hace un tiempito, cuando estabas a punto de casarte. Veo que el Señor os ha bendecido con un hijo. Enhorabuena. Muy bueno tu artículo. Y, de acuerdo, en el plus que podemos poner los cristianos. Un gran abrazo.

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