Testimonio de Cristobal Muñoz: De la prisión a dar Cursillos de Cristiandad.

Tendría unos 14 años y el grupo de amigos con el que salía y yo decidimos ir el sábado de feria a Córdoba. Allí, sin saberlo, empezó mi infierno, el camino de la droga.

Al principio, todo parecía fantástico y maravilloso; pero no, eran momentos engañosos, en los cuales yo creía divertirme, pero me estaba adentrando en un laberinto del que muchas personas nunca salieron.

Debido a mi poca madurez por la edad y a que todo parecía tan perfecto, cada poco tiempo, añadía una clase nueva de droga a mi consumo, hasta tal punto que consumía prácticamente todas las drogas que existen en España, menos la heroína. Consumía hachís, marihuana, barbitúricos, anfetaminas, speed, extasis, mdma, lsd en carton y micropunto. Toda clase de setas y trufas alucinógenas; hawaianas, mexicanas, tailandesa, copilandia, etc…peyote, san pedros, Ketamina, ghb y las dos que más me destrozaron, alcohol y cocaína.

Me hice adicto, no a todas, pero si a muchas de estas sustancias. También me hice adicto al juego: tragaperras, bingo, poker, etc.

Para mantener este nivel de mala vida, decidí delinquir, vendiendo estupefacientes, con los cuales, desgraciadamente para mí, empecé a ganar grandísimas cantidades de dinero. Podía ganar en una semana lo mismo que una persona trabajando durante un año. Esto hizo que mi consumo cada vez fuera mayor y más prolongado.

Entré en un bucle del cual me era imposible salir. Durante cuatro o cinco días solo consumía, no comía nada. Al terminar estos días, mi cuerpo estaba agotado y reventado. Descansaba durante un día, comía  y vuelta a empezar. Mi cuerpo se estaba pudriendo y mi mente vivía en una vida paralela a la realidad.

Ahora sí que me arrepentía de haber cogido este camino, pero ya me era imposible encontrar la salida. Llegué a odiar la droga y aun así, no podía parar de consumir.

En este tiempo de consumo brutal de sustancias, me dieron tres sobredosis que me llevaron a ingresar en la UCI, con un pie más allá que acá. Una de ellas, la segunda, fue de extrema gravedad: durante unos instantes entré en paro cardiorrespiratorio, mi cuerpo se iba, viví en primera persona la horrorosa sensación de estar muriéndote. Solo notaba las manos del doctor guanteándome la cara y diciéndome que no me durmiera. La visión se me oscurecía y a la segunda inyección de adrenalina, reaccioné.

A pesar de ser estos los peores momentos de mi vida, en el bucle que estaba, solo veía consumir. No pasaron ni veinte días cuando entre otra vez en la UCI por la tercera sobredosis.

También, entré un día en urgencias por coma etílico, porque el consumo de alcohol era brutal. La realidad es que tenía pocas esperanzas de vida, así no me daba muchos años, pero tuve un encuentro que me cambió la vida por completo. Mi vida dio un giro de 360º, mi vida dio la vuelta como un calcetín

La primera vez que entré en prisión fue a los dieciocho años. Fue una estancia breve, pero el poco tiempo que estuve, solo me sirvió para salir peor. Con treinta y cuatro años, entre por segunda vez a prisión, pero esta vez, la estancia fue mucho más larga, cuatro años y medio.

Mi madre y mi tía venían cada dos semanas, siempre a verme por cristales, y un día de visita me metieron un libro que hablaba sobre Dios. En un principio, pensé en tirarlo; luego le dije a mi madre que no lo iba a leer, que no me metiera esas tonterías. Pero la perseverancia de ellas dos, cada vez que venían a verme, hizo que me leyera el libro. Cuando les comenté que me había leído el libro, me trajeron tres libros más. Al principio pensé en que no les tenía que haber dicho nada, pero bueno seguí con mi ritmo de lectura.

Al poco tiempo, sentí la curiosidad de integrarme en una reunión católica que se celebraba todos los domingos en el comedor de la prisión. Estas reuniones, en las cuales compartíamos el Evangelio, me llenaban mucho, así que comencé a asistir semanalmente.

Al estar apuntado en este grupo, el encargado de llevar esta reunión te apuntaba para ir a misa. Cuando llegó el día de ir por primera vez voluntariamente a misa, me gustaría decir que fue preciosa, pero no fue así. Viví unos momentos muy desagradables, en los cuales mi mente iba a mil por hora, buscando escusas para no volver a asistir a misa. Que si ese sitio no era para mí, que se iban a reír de mí en el patio… Lo pasé fatal, yo creo que a la niña del exorcista la sientan conmigo ese día en misa y no hubiese estado tan mal como yo. Me fui con el pensamiento de no volver nunca jamás.

Lo que pasaba es que las reuniones sí que me gustaban, y luego me daba vergüenza no ir con ellos a misa cuando iban. La segunda, tercera y no sé cuantas más misas fueron también bastantes desagradables, aunque no tanto como la primera; se podían medio soportar.

En unas de las reuniones, hablamos del sacramento de la confesión, en el cual yo no creía nada. Para mí era un cuento chino, pero a pesar de eso, sentí la necesidad de confesarme unas de las veces que asistí a misa. Después de pasar varias veces por el confesionario, empezó poquito a poquito a gustarme cada vez más las eucaristías, hasta tal punto que cuando oía por el megáfono, “salida para misa”, dejaba lo que estuviera haciendo e iba el primero a que me abrieran la puerta para poder asistir a misa.

Ramón, el encargado de aquel grupo, hoy en día buenísimo amigo mío, me ofreció asistir a un cursillo de cristiandad, y era tan grande mi inquietud y el hambre por conocer a Dios, que no esperé ni a terminar la condena: hice el cursillo en un permiso penitenciario. Faltarían palabras en el mundo entero y en todos los idiomas para poder describir lo que significó para mí ese encuentro con Cristo en el cursillo de cristiandad. Como he comentado antes, a partir de este encuentro con Jesús, mi vida cambió por completo, dio un giro radicalmente.

El lunes siguiente regresé a prisión y tuve una de las experiencias más bonitas de mi vida. Comprobé que los barrotes de mi celda, los muros de hormigón de seis metros, el alambre de espino y las torres con los centinelas vigilando las veinticuatro horas del día, no me privaban de libertad, era totalmente libre, las cadenas que realmente me esclavizaban, las rompió Jesús de un plumazo.

Comprobé también que la cárcel no fue un castigo, sino un regalo, que Dios me hizo para que me encontrara con él. Bendita prisión que me dio a Jesús.

Hoy en día, después de cinco años de ese maravilloso encuentro, tengo que decir que sigo teniendo la inmensa suerte de contar con Jesús en mi vida. Que he entrado a pertenecer a la escuela de cursillos de cristiandad de Córdoba para anunciar a otros muchos que solo el Amor de Dios salva la vida.

EL SEÑOR HIZO EN MÍ Y SIGUE HACIENDO MARAVILLAS. GLORIA AL SEÑOR.

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